• Jeff Costa

crónica | extraterrestres en la amazonía


um homem sob uma luz de espaço nave em meio a um rio extenso na floresta amazônica
Avistamiento de extraterrestre en el río Amazonas


un jueves por la mañana (en la mitología romana júpiter - dios del trueno, relámpago, ruido, buya y alboroto) — faltando a mi clase de capoeira que se llevaría a cabo ese mismo día, por la noche, aterrizo en suelo amazónico, esta mística y casi fabulosa área donde muchas personas de São Paulo (como yo) y Bogotá (mi hogar actual) solo conservan en sus sueños más profundos. sueños de cuando los ruidos de la civilización occidental aún no habían penetrado en estos bosques íntimos y recónditos.


yo, que también guardaba en mi más profundo inconsciente las figuras folclóricas de mi pueblo, basado en las lecturas de mis maestras de primaria, primero pisé con mi pie izquierdo ese suelo orgánico - por el simple hecho de que el derecho no se lleva bien con naturaleza y no ha funcionado en estas tierras, al menos durante los últimos 500 años.


mi intención inicial era comprar delicias brasileñas que extrañaba como la tapioca, la farofa, la calabresa, el aceite de dendê y la cachaça. crucé para el lado brasileño de la frontera e hice el mercado el primer día, con todos los artículos mencionados y con una yerba mate orgánica cultivada en río grande do sul. quién sabe por qué, pero alguien pensó que sería una buena idea vender yerba mate bajo el sol abrasador de la selva tropical más grande del mundo. no me quejé, porque al fin y al cabo, amo el mate y me dice a mí mismo: "debe haber argentinos y uruguayos caminando por estas tierras", que son, por cierto, otros dos cultivos orgánicos que amo. en efecto. llegando al hostal de la pareja colombiana juan david y wanda (por la pronunciación pensé que eran la misma persona) ubicado del lado brasilero, me encontré con dos argentinos de la provincia de buenos aires, que se habían conocido ahí mismo, en el hostal de la pareja homónima. el más joven, blanco, esbelto y algo infantil, con la pierna tan hinchada por una infección, que más parecía una boa constrictor, fue reprendido por el otro argentino, negro, fornido y bastante ñero. algo brusco, aunque con un brillo en los ojos, demostraba cariño y amistad a su manera, al preguntarle al 'boludo' de su compañero cómo había dejado que su pierna llegara a ese punto. en esos minutos de discusión en un porteño periférico que resulta incomprensible para alguien que hable español con fluidez, el fornido negro de ojos brillantes llevaba a su compatriota al médico en uno de esos carritos de tres asientos muy comunes en las ciudades asiáticas, que cuestan el precio de un billete de autobús, pero que te dejan exactamente donde quieres. como mencioné anteriormente, estábamos del lado brasileño, pero el área está habitada solo por colombianos, lo que demuestra que estos límites geográficos son en realidad puramente artificiales y solo viven en el imaginario lleno de muros y cercas de la gente de los pueblos de edificios.


en ese mismo albergue rústico, lleno de árboles frutales y donde utilicé por primera vez un baño seco, también se alojaba hace unas semanas una mujer nómada uruguaya de unos 30 años, con su hijo adolescente de 13. con la pinta de un surfista visible en australia o tal vez en la costa oeste de los estados unidos, a pesar de haber visto paisajes, animales y dinámicas que otros de su edad nunca imaginarían ver, tenía los amaneramientos de cualquier otro adolescente de su edad. los dos habían llegado al amazonas desde montevideo, haciendo malabares y vendiendo artesanías.


después de haber comprado las golosinas, mi español de porteño afilado y barriga cheia: "pé na areia", como dicen otros bañistas de mi país. ¿O en este caso sería un vientre relleno, pies en el terreno? finalmente partí hacia las arterias amazónicas. como estaba ahora del lado colombiano — pero, como se dijo antes, estas fronteras no son más que imaginarias, y las motos cruzan de un lado a otro como si fueran a comprar una arepa rellena en el restaurante del venezolano en la esquina — la probabilidad de que mi guía me dejara plantado había aumentado en casi un 30%. él, aunque era indígena, padecía la misma condición que muchos de sus compatriotas: o se retrasan varias horas o simplemente no se presentan sin previo aviso. así sucedió, el hombre no apareció.


respiré hondo, conté hasta 78 (el número aproximado de amazonenses que me habían parecido atractivos hasta ese momento) y fui a buscar otra guía. la vida me puso al cuidado de una señora tikuna, de mirada dulce y confiada, casi de la altura de una llama. esta señora me dirigió a su hijo, elkin, un joven indígena de 17 años, quien era muy conocedor de esas aguas turbias y lodosas, de uno de los tantos brazos del río más largo del mundo. se celebró el intercambio, ya que, como todos los misterios de la vida, trabajar con jóvenes es mi mayor pasión.


elkin me guio a través de esas aguas de 17 metros de profundidad, la misma inmensidad del cuidado de ese joven por su entorno. mientras remábamos en nuestro kayak de plástico azul marino, me contó, con la delicadeza de un joven de ritmos y tiempos más lentos, cómo era estudiar turismo en la escuela técnica de la ciudad, donde no se consideran los saberes indígenas. me decía, al ritmo de ida y vuelta del kayak, hora tras hora con la corriente, los nombres de los animales, plantas y árboles que salían de entre las aguas. nos detuvimos debajo de uno de ellos, una dama imponente con tantos troncos, ramas, hojas, enredaderas que me recordó a una abuela matriarca al final de una mesa alimentando a todos sus descendientes.


ahí nos quedamos unos minutos que se convirtieron en horas, rodeados de un silencio absoluto. sentí como si alcanzara el nirvana sin esfuerzo, en esa meditación profunda que elkin y yo hicimos bajo ese renaco, o en tupi kwaxin'guba - 'brazo fuerte'. bajo sus hermosos mechones que nos arrullaban en un sueño apacible, recordé el discurso de Ailton Krenak, que para la regeneración de la Madre Tierra y de nosotros mismos es necesario mantener la siguiente palabra en nuestras mentes y corazones: 'pertenencia'. me sentí como uno de los hijos de esa quaxinguba, y le pertenecí. más adelante elkin me permitió, en un punto específico del río, bucear y bañarme entre los peces y otros animales de los que aún no sé los nombres.


me pareció imposible, sin embargo, después de esta trascendente experiencia, no imaginar los ruidos ensordecedores de las máquinas invadiendo y destruyendo el bosque y lla paz y los sueños de los seres que lo habitan. relacioné esa sensación con cuando vamos a un parque un domingo por la tarde para descansar y desconectarnos del ruido y la contaminación de la ciudad. de repente un grupo de personas invade nuestra paz con una caja de sonido con la potencia de un trío eléctrico del carnaval de salvador de bahía, robándonos la serenidad, al son de un reguetón a 180 decibelios. sin embargo, aquí hay una diferencia crucial. el reguetón me trae buenos recuerdos de las fiestas donde bailaba hacia el suelo. la motosierra, en cambio, no me inspiraba ningún buen recuerdo.


algo más, sin embargo, curiosamente une a los dos. tanto la motosierra como el reguetón son invenciones humanas y ni las máquinas ni la música son cosas malas en sí mismas. sólo cobran vida a través de la acción humana. el gran problema aquí es que cuando el llamado humano no pertenece al lugar donde pisa, y debido a su inmadurez no puede percibir las dinámicas que ocurren a su alrededor, junto con él trae sus experiencias externas y ajenas a los ambientes donde visita, perturbando las meditaciones de las personas y otros animales que solo quieren escuchar las canciones de cuna que vienen desde lo más profundo del vientre de su Madre, para finalmente alcanzar el merecido nirvana.